Parte 2:
—¿Cómo que le cobra por cuidar a mi mamá? —pregunté, sintiendo que se me secaba la boca. Doña Mercedes no respondió de inmediato, sino que acercó el teléfono para que pudiera leer los mensajes. Había depósitos de cuatro mil pesos mensuales y fotografías de una mujer acostada en una cama. Reconocí aquella cobija azul, porque había sido de nuestra madre.
Me apoyé en el respaldo de una silla. Mamá había muerto hacía dos años, después de pasar sus últimos meses enferma en nuestra antigua casa. Yo la había cuidado hasta el final, mientras Patricia terminaba sus estudios de enfermería. Todavía recordaba el sonido de su respiración durante aquellas noches en que ninguna de las dos podía dormir.
—Patricia nos explicó que su mamá estaba muy delicada y que necesitaban contratar a alguien para atenderla —dijo doña Mercedes. Su voz temblaba de coraje mientras revisaba las transferencias. —Nos pidió ayuda porque dijo que ustedes no tenían dinero para medicamentos. Mi esposo y yo empezamos a depositarle desde antes de que naciera el bebé.
Miré a Patricia esperando que dijera que todo era un malentendido. Ella se había quedado junto a la mesa, estrujando el billete de doscientos pesos. Alejandro tenía la vista fija en el piso. Cuando le pregunté cuánto tiempo llevaban recibiendo aquel dinero, ninguno quiso contestarme.
—Dieciocho meses —respondió finalmente doña Mercedes. Sentí un golpe en el estómago, porque eso significaba que Patricia había seguido cobrando por una mujer que ya estaba enterrada. —Al principio nos mandaba fotografías y después decía que su mamá estaba empeorando. Hace tres meses nos pidió que aumentáramos la ayuda porque supuestamente necesitaba oxígeno.
Recordé la última vez que Patricia había visitado la tumba de mamá. Llevaba flores pequeñas y se había quejado del precio del estacionamiento. Yo había pagado todo el funeral con lo que ahorré cosiendo uniformes escolares. Mi hermana apenas había contribuido porque decía que todavía estaba pagando sus estudios.
—¿De dónde sacaste esas fotografías? —le pregunté. Patricia empezó a llorar, pero no se acercó a mí. —Laura, por favor, podemos hablarlo cuando se vayan. —No —respondí—. Me hiciste limpiar tu casa delante de todos y ahora quieres que me calle.
Alejandro levantó la cabeza y dijo que él sabía que nuestra madre había fallecido. Doña Mercedes lo miró tan sorprendida que tuvo que quitarse los lentes. Él explicó que Patricia le había dicho que sus padres querían ayudarlos económicamente con los gastos del bebé. Nunca le había mencionado que estaba utilizando la enfermedad de mamá como pretexto.
—¿Y nunca preguntaste de dónde salían cuatro mil pesos cada mes? —le reclamó doña Mercedes. Alejandro se pasó ambas manos por la cara. Dijo que pensó que sus padres simplemente querían apoyarlos y que Patricia manejaba ese dinero. Mi hermana continuaba llorando, aunque todavía no había pedido perdón.
Entonces doña Mercedes abrió otra conversación. Había un mensaje de Patricia enviado la semana anterior, donde explicaba que su mamá necesitaba una cuidadora durante las noches. Debajo aparecía la fotografía que acababan de mostrarme, tomada aquella misma mañana mientras yo tallaba la estufa. Mi hermana había escrito: «Esta señora nos ayuda con mi mamá, pero ya nos está cobrando más».
Sentí tanta vergüenza que bajé la mirada hacia mis manos maltratadas. No solamente me había presentado como empleada doméstica durante la cena. También había usado mi imagen para justificar el dinero que recibía a escondidas. Yo había perdido dos encargos de costura para ayudarla, mientras ella estaba convirtiendo mi trabajo en otra mentira.
—¿Cuánto les has sacado? —pregunté despacio. Patricia se limpió la cara con una servilleta y dijo que lo había hecho porque tenían muchas deudas. Alejandro respondió que él pagaba la casa, los servicios y los gastos del bebé. Entonces ella levantó la voz y empezó a reclamar que nadie entendía lo difícil que era mantener las apariencias.
Doña Mercedes se levantó de la mesa. No gritó ni insultó a mi hermana; solamente le pidió que mostrara los comprobantes de los gastos médicos. Patricia dijo que ya no los tenía porque había cambiado de teléfono. —Entonces mañana hablaremos de cómo vas a devolvernos ese dinero —respondió su suegra.
Yo tomé mi bolsa de la cocina y busqué mis llaves. Alejandro quiso ofrecerme dinero por haber trabajado todo el día, pero lo rechacé. No necesitaba que me pagaran para sentirme menos humillada. Lo único que deseaba era salir de aquella casa antes de volver a llorar frente a mi hermana.
Cuando llegué a la puerta, Patricia me siguió cargando al bebé. —Laura, no puedes dejarme sola con este problema —susurró. Miré a mi sobrino, dormido contra su pecho, y sentí una tristeza enorme. Mi hermana todavía esperaba que yo encontrara la manera de salvarla.
—Mañana iremos juntas a ver a mamá —le dije. Patricia frunció el ceño y preguntó si estaba hablando del panteón. —Sí, porque quiero que me expliques cómo pudiste cobrar dieciocho meses por cuidar a una mujer que ya no estaba viva. Ella empezó a llorar otra vez, pero entonces Alejandro apareció detrás de nosotras con un sobre amarillo.
—Laura, antes de que te vayas, hay algo más que necesitas saber —dijo. Sacó varios recibos y una hoja con mi nombre completo. —Patricia también recibió dinero cuando falleció tu mamá. Y según estos documentos, tú firmaste que estabas de acuerdo con que ella se quedara con todo.
Miré aquella firma y reconocí mi apellido escrito con una letra que no era la mía. Era la segunda vez en pocos minutos que descubría algo que mi hermana había hecho a mis espaldas. Pero lo que terminó de romperme fue la fecha del documento. Estaba firmado tres días después del entierro de nuestra madre.
¿Qué pasó después… ? Parte 3:…
Parte 3:
Me quedé mirando aquella fecha mientras sentía que el piso se movía debajo de mis pies. Tres días después de enterrar a mamá, yo apenas podía levantarme de la cama y todavía tenía los ojos hinchados de llorar. Patricia había venido a buscarme aquella mañana diciendo que necesitaba llevarse unas cosas de nuestra madre. Nunca me pidió que firmara ningún documento.
—¿De dónde sacaste esto, Alejandro? —pregunté, sosteniendo la hoja con las manos temblorosas. Él explicó que había encontrado el sobre entre los documentos que Patricia guardaba para solicitar un crédito. Dentro había recibos de una aseguradora y un comprobante de depósito por ciento ochenta mil pesos. El dinero provenía de una póliza que mamá había contratado años antes.
Sentí que se me cerraba la garganta. Mamá trabajó muchos años haciendo comida para vender y siempre decía que quería dejarnos algo para cuando ella faltara. Yo creí que apenas había alcanzado para pagar sus últimos medicamentos. Recordé las noches cosiendo uniformes hasta las tres de la mañana para cubrir el funeral, mientras Patricia decía que no tenía un peso.
—Ese dinero era para las dos —murmuré. Patricia dejó al bebé en su carriola y se acercó intentando quitarme los papeles. Alejandro la detuvo suavemente del brazo. —Déjala leer, Patricia —dijo con una voz que nunca le había escuchado.
Mi hermana comenzó a hablar atropelladamente. Dijo que había cobrado el seguro porque necesitaba pagar deudas de sus estudios y que pensaba devolverme mi parte cuando encontrara trabajo. Después confesó que había copiado mi firma para presentar el documento donde supuestamente aceptaba que ella recibiera todo. La escuché sin interrumpirla, aunque cada palabra me dolía más que la anterior.
—¿Y por qué no me dijiste nada cuando tuve que pedir prestado para enterrar a mamá? —pregunté. Patricia bajó la cabeza y empezó a retorcerse las manos. —Porque sabía que ibas a reclamarme, Laura. Tú siempre creíste que por haber cuidado a mamá tenías más derechos que yo.
Aquello me dejó sin aire. Nunca le había pedido reconocimiento por dejar la preparatoria ni por trabajar para ayudarla a estudiar enfermería. Tampoco le reclamé las veces que tuve que faltar al trabajo para llevar a mamá a sus consultas. Lo había hecho porque eran mi madre y mi hermana, no porque esperara cobrarles algún día.
Doña Mercedes se acercó y me ofreció una silla. Me senté porque las piernas ya no me sostenían. Alejandro colocó todos los documentos sobre la mesa y le pidió a Patricia que explicara qué había hecho con el dinero del seguro. Ella confesó que había pagado algunas deudas, comprado muebles y utilizado una parte como enganche de su coche.
—¿Y el dinero que nos pediste para cuidar a tu mamá? —preguntó doña Mercedes. Patricia respondió que lo había usado para los gastos de la casa y algunas compras personales. Su suegra se quitó los lentes y los dejó sobre la mesa. —Nosotros te ayudamos porque pensamos que había una mujer enferma esperando sus medicinas, no para que vivieras mejor a costa de su recuerdo.
Patricia volvió a llorar, pero esta vez nadie corrió a consolarla. Alejandro le dijo que necesitaba saber cuánto dinero quedaba y cómo pensaba responder por las firmas falsificadas. Doña Mercedes anunció que hablaría con su esposo para reunir los comprobantes de las transferencias. Yo pedí llevarme copias de todo antes de salir.
Al día siguiente busqué asesoría legal. Presenté los documentos del seguro, los mensajes y los comprobantes que me había proporcionado doña Mercedes. Me explicaron que sería necesario revisar la póliza original, confirmar quiénes figurábamos como beneficiarias e investigar la autenticidad de aquella autorización. También me advirtieron que recuperar el dinero podría llevar tiempo.
Durante las semanas siguientes, Patricia me llamó muchas veces. Primero me pidió perdón, después me acusó de querer destruir su matrimonio y finalmente intentó convencerme de retirar todo por el bien del bebé. No respondí a sus reclamos. Mi abogado me había recomendado conservar cada mensaje.
La revisión confirmó que mamá nos había designado beneficiarias por partes iguales. Patricia había cobrado el dinero utilizando una autorización con mi firma falsificada, y tuvo que reconocerlo cuando le mostraron los documentos. Aceptó formalizar un acuerdo para devolverme los noventa mil pesos que me correspondían y responder por los demás gastos reclamados. Sus suegros también exigieron la devolución de las cantidades que habían entregado mediante engaños.
Alejandro no la abandonó inmediatamente, pero decidió separarse mientras resolvían sus problemas. Doña Mercedes siguió visitando a su nieto, aunque dejó de entregar dinero a Patricia. Yo recibí el primer pago varios meses después. No sentí alegría al verlo reflejado en mi cuenta, solamente un cansancio enorme.
Un domingo fui al panteón con un ramo de flores blancas. Limpié la lápida de mamá y me senté un rato junto a ella, como hacía cuando todavía estaba viva y hablábamos en la cocina. Le conté que había vuelto a aceptar encargos de costura y que estaba ahorrando para comprar una máquina nueva. No le hablé de todo lo que había hecho Patricia.
Cuando me levanté, encontré en mi bolsa el billete de doscientos pesos que mi hermana había querido darme aquella noche. Lo había guardado sin darme cuenta, entre mis llaves y un pañuelo. Me quedé mirándolo un momento y recordé sus palabras delante de los suegros. Después lo doblé y lo guardé nuevamente.
Meses más tarde, Patricia me escribió para preguntarme si podíamos volver a ser hermanas. Le respondí que nunca había dejado de serlo, pero que necesitaba tiempo para volver a confiar en ella. No contestó. Aquella tarde regresé a mi máquina de coser, encendí la lámpara y continué trabajando.
El billete seguía guardado en un cajón. No porque necesitara aquellos doscientos pesos, sino porque cada vez que lo veía recordaba algo que había tardado demasiados años en aprender. Podía querer mucho a mi hermana sin permitir que volviera a tratarme de aquella manera.
