Parte 2:
—…su madre biológica, la señora Elena Villaseñor, hija de don Ernesto.
Sentí que las piernas se me aflojaban. Busqué una silla, pero no podía apartar los ojos de aquella fotografía. Mi madre seguía sujetando el borde de la mesa, mientras Rodrigo miraba alternativamente al notario y a mi padre. Nadie decía una palabra.
—Eso es mentira —murmuró mi madre—. Elena no tiene nada que ver con esta familia.
—Señora Beatriz, su esposo conoce perfectamente esta historia —respondió Salgado—. Y don Ernesto dejó documentos que la respaldan. Mariana no fue una niña abandonada por desconocidos. Fue entregada en adopción dentro de su propia familia.
Miré a mi padre, esperando que lo negara. Él bajó los ojos, igual que había hecho tantas veces cuando mi madre me humillaba. Sentí una presión horrible en el pecho. La mejilla todavía me ardía por la bofetada.
—¿Mi abuelo era mi abuelo de sangre? —pregunté.
—Sí, Mariana. Elena era su hija mayor, de una relación anterior a su matrimonio. Usted nació cuando ella tenía veintidós años. Don Ernesto reconoció legalmente a Elena, pero las circunstancias de su nacimiento provocaron un conflicto familiar que nunca logró resolver.
Mi madre soltó una risa nerviosa. Dijo que Elena había sido una irresponsable y que ellos me habían recibido por lástima. El notario cerró lentamente la carpeta. Después miró directamente a mi padre.
—La señora Elena falleció cuando Mariana tenía seis meses. Su muerte consta en el expediente, junto con una carta donde solicitaba que su hija permaneciera cerca de don Ernesto. Don Ernesto confió en ustedes porque creyó que la criarían como a una hija, no como a una carga.
Me llevé una mano a la boca. Toda mi vida había imaginado a una mujer que simplemente decidió deshacerse de mí. Había pasado noches preguntándome qué tendría de malo para que mi propia madre no quisiera conservarme. Ahora descubría que ni siquiera había tenido oportunidad de conocerla.
—¿Por qué nunca me lo dijeron? —pregunté mirando a mi padre.
Él quiso acercarse, pero retrocedí. Mi madre contestó antes que él, diciendo que no había ninguna razón para remover asuntos desagradables. Entonces el licenciado sacó una carta doblada. Reconocí la letra de mi abuelo en cuanto vi mi nombre.
—Don Ernesto quería explicárselo personalmente —dijo—. Pero durante sus últimos meses descubrió que también se le habían ocultado cosas a él.
Rodrigo se levantó y exigió que dejaran de hablar de muertos. Dijo que todos estábamos perdiendo el tiempo y que lo importante era repartir los bienes. El notario le pidió que permaneciera sentado. Después sacó los estados de cuenta que yo había llevado al banco.
—Don Ernesto sabía que Mariana aportaba dinero para sus tratamientos —explicó—. También descubrió que varios gastos médicos habían sido cubiertos directamente por su seguro. Por eso empezó a revisar las cantidades que Rodrigo solicitaba.
Mi hermano se puso rojo. Aseguró que había utilizado los ciento ochenta mil pesos para pagar deudas relacionadas con mi abuelo. Pero Salgado mostró una relación de retiros y transferencias. Una parte importante había terminado en una cuenta personal de Rodrigo.
—Eso se puede aclarar después —intervino mi padre.
—Lo aclararemos por la vía correspondiente —respondí.
Fue la primera vez que conseguí hablar sin que me temblara la voz. Rodrigo me miró con un odio que nunca le había visto. Mi madre comenzó a llorar, diciendo que estaba destruyendo a nuestra familia por dinero. Yo miré el suelo y recordé todas las veces que había renunciado a comprarme algo para poder ahorrar.
Entonces el notario retomó el testamento.
Don Ernesto había dispuesto que la casa donde vivían mis padres y los dos terrenos fueran adjudicados a mi nombre, sujetos a las formalidades legales correspondientes. También había dejado instrucciones para que se revisaran los movimientos bancarios relacionados con sus cuidados. Mis padres conservarían únicamente los bienes que les pertenecieran por derecho propio.
—¡Esa casa es mía! —gritó mi madre, golpeando la mesa.
—La escritura está a nombre de don Ernesto —contestó Salgado.
Mi padre se dejó caer en una silla. Rodrigo salió al pasillo hablando por teléfono. Yo seguía sin poder alegrarme. Acababa de descubrir quién era mi madre y por qué había crecido escuchando que nadie me quería.
Cuando la reunión terminó, Salgado me pidió que no me fuera todavía. Guardó el testamento y sacó un sobre pequeño, distinto del anterior. Me explicó que mi abuelo había ordenado entregármelo personalmente, después de la lectura.
Adentro había una carta de Elena y una fotografía donde aparecía embarazada, sonriendo frente a una casa sencilla. Debajo encontré una copia de un documento firmado por mi padre. El licenciado señaló la fecha y me pidió que la leyera con cuidado.
Era tres semanas después de la muerte de Elena.
—Mariana —dijo en voz baja—, su padre firmó una declaración para impedir que usted recibiera una propiedad que su madre biológica le había dejado. Don Ernesto descubrió ese documento poco antes de morir. Y ahora necesitamos hablar de lo que ocurrió con esa propiedad.
¿Qué pasó después… ? Parte 3:…
Parte 3:
—¿Qué propiedad? —pregunté, sintiendo que las manos se me enfriaban.
El licenciado Salgado acomodó los documentos sobre la mesa. Me mostró una escritura antigua donde aparecía el nombre de Elena Villaseñor, mi madre biológica. Era una casa pequeña en Puebla, con un local comercial en la planta baja. Lo que me hizo sentir un nudo en la garganta fue descubrir que aquella propiedad había sido destinada para mí.
—Su madre dejó instrucciones para que la conservaran hasta que usted fuera mayor de edad —explicó Salgado—. Pero su padre firmó una declaración que permitió ponerla bajo otra administración. Don Ernesto creyó durante años que todo estaba en orden.
Miré la firma de mi padre. Era la misma que había visto en mis boletas escolares, cuando todavía creía que él era incapaz de mentirme. Sentí una tristeza distinta a la rabia. No era solamente el dinero, sino darme cuenta de cuántas personas habían decidido mi vida sin preguntarme nada.
—¿Y qué pasó con la casa? —pregunté.
El notario guardó silencio unos segundos. Después me mostró unas copias de contratos de arrendamiento. El local llevaba casi veinte años rentado y los pagos habían sido recibidos por mi padre. Había comprobantes suficientes para iniciar una revisión, aunque todavía faltaba determinar cuánto dinero me correspondía legalmente.
—Tu padre usó ese dinero para mantener esta familia —escuché detrás de mí.
Era mi madre. Había regresado al salón sin que yo la escuchara entrar. Tenía el maquillaje corrido y el bolso apretado contra el pecho. Por primera vez, no parecía enojada conmigo, sino asustada de que siguiera haciendo preguntas.
—¿Desde cuándo lo sabías? —le pregunté.
—Desde que llegaste a esta casa.
Sentí como si alguien me apretara la garganta. Durante treinta y ocho años me había repetido que debía agradecerles haberme recogido. Ahora entendía que habían recibido algo más que una niña. También habían tomado decisiones sobre una herencia que nunca me mencionaron.
Mi padre apareció detrás de ella.
—Mariana, tenemos que hablar sin extraños.
—El licenciado se queda —respondí.
Mi padre miró al suelo. Después reconoció que había utilizado las rentas para pagar gastos de la casa y, más adelante, parte de los estudios de Rodrigo. Dijo que pensaba compensarme cuando mejorara su situación económica. Pero yo ya tenía treinta y ocho años, y nunca me había dado siquiera una explicación.
—¿Y mis ciento ochenta mil pesos? —pregunté.
Rodrigo apareció en la puerta. Había escuchado lo suficiente para entender que no iba a salir de aquello con otra excusa. Admitió que había usado mis ahorros para cubrir deudas personales, creyendo que después podría reponerlos. Mi padre no lo interrumpió ni una sola vez.
—Quiero que me devuelvas cada peso —le dije—. Y quiero que quede por escrito.
Mi madre empezó a llorar. Me pidió que no hiciera una denuncia porque Rodrigo tenía esposa e hijos. La miré durante varios segundos, esperando que también se preocupara por cómo pagaría yo mi renta. No lo hizo.
El licenciado me explicó que las irregularidades sobre la propiedad necesitarían una revisión legal independiente. También me recomendó presentar los movimientos bancarios para exigir la devolución de mis ahorros. No me prometió que recuperaría todo ni que sería rápido. Por primera vez aquel día, agradecí que alguien me hablara con la verdad.
Las semanas siguientes fueron difíciles. Rodrigo firmó un reconocimiento de deuda y comenzó a devolverme el dinero mediante pagos mensuales. Yo contraté a una abogada para revisar la situación de la casa de Puebla. Mi padre tuvo que entregar contratos, recibos y documentos que había conservado durante años.
No volví a sentarme a la mesa familiar.
Tres meses después visité la casa donde había vivido Elena. La fachada estaba despintada y una señora atendía el local de abajo. Me contó que llevaba años trabajando allí y que alguna vez había conocido a mi madre. Dijo que Elena solía sentarse cerca de la ventana, imaginando cómo arreglaría la casa cuando naciera su hija.
Me quedé frente a aquella ventana un largo rato. Después saqué de mi bolsa la carta que mi abuelo había guardado para mí. Elena había escrito pocas líneas, pero una de ellas me hizo llorar como no había llorado en el funeral.
“Si algún día no puedo estar contigo, quiero que sepas que llegaste a mi vida cuando más necesitaba una razón para seguir adelante”.
No había sido una niña abandonada. Había sido una hija esperada.
Aquella tarde regresé a casa con la fotografía de Elena entre las manos. Todavía tenía cuentas pendientes, documentos por resolver y una familia con la que quizá nunca volvería a sentirme segura. Pero coloqué su fotografía junto a la de mi abuelo Ernesto, encendí una lámpara y me quedé mirándolos.
Por primera vez, cuando pensé en mi madre, no escuché una voz diciéndome que debía agradecer que me hubieran recogido.
Pensé en una mujer joven, sentada junto a una ventana, esperando conocerme.
