Parte 2:
Mi mamá me apretó la mano con tanta fuerza que sentí sus uñas clavarse en mi piel. Miró a Lupita, después a Rosario y finalmente a Elena. —El muchacho de esa fotografía se llama Joaquín —dijo con la voz quebrada—. Íbamos a casarnos cuando yo cumpliera veinte años. Sentí que se me aflojaban las piernas, porque jamás había escuchado aquel nombre.
Lupita bajó la mirada y dejó la fotografía sobre la mesa. Mamá explicó que Joaquín trabajaba en una imprenta y que ella quería estudiar para maestra. Habían ahorrado durante casi dos años para casarse y mudarse cerca del centro de Puebla. —Yo tenía una solicitud para entrar a la Normal —susurró—. Pensaba que todavía tenía toda la vida por delante.
—¿Y qué pasó, mamá? —pregunté. Se quedó mirando sus manos antes de responder. —Conocí a tu padre cuando Joaquín tuvo que irse a trabajar unos meses a Veracruz. Al principio solamente éramos amigos, pero empezó a visitarme y a decirme que Joaquín no regresaría. Después me aseguró que había visto una carta donde él decía que ya no quería casarse conmigo.
Rosario se llevó una mano a la boca. Mamá contó que esperó durante semanas alguna explicación, pero nunca recibió nada. Finalmente aceptó salir con mi padre y, meses después, se casaron. —Pensé que Joaquín me había abandonado —dijo—. Y cuando supe que seguía preguntando por mí, ya estaba embarazada. Su voz se rompió al pronunciar aquellas últimas palabras.
—Nosotras intentamos decirte que Joaquín nunca había dejado de buscarte —intervino Elena. Mamá negó lentamente con la cabeza. —Mi esposo me dijo que ustedes querían destruir mi matrimonio porque nunca lo aceptaron. Cada vez que alguna venía, él respondía que yo estaba ocupada. Después comenzó a revisar las cartas y a enojarse si mencionaba a mis amigas.
Sentí una tristeza que nunca había experimentado al mirar a mi madre. Durante toda mi infancia había creído que era una mujer que prefería quedarse en casa. Ahora comprendía que muchas de sus decisiones habían estado marcadas por el miedo a discutir con papá. —¿Por eso guardabas esa libreta escondida? —pregunté. Mamá asintió mientras se limpiaba las lágrimas.
Lupita deslizó la carta reciente hacia ella. —Meche, Joaquín no está pidiendo que vuelvas con él —explicó—. Su esposa falleció hace varios años y ahora vive con una hija. Solamente quiere saber si alguna vez recibiste las cartas que te mandó desde Veracruz. Mamá se quedó inmóvil, mirando el sobre como si le quemara las manos.
—¿Cuántas cartas? —preguntó finalmente. Lupita respiró profundamente. —Dice que te escribió durante casi seis meses y que nunca recibió respuesta. Después fue a buscarte y alguien le dijo que estabas casada. Joaquín creyó que habías cambiado de opinión y que no querías volver a verlo. Mamá comenzó a llorar con una tristeza que parecía venir de muy lejos.
Le acerqué un vaso de agua y me senté a su lado. —Mamá, no tienes que leerla ahora si no quieres —le dije. Ella sostuvo el sobre durante varios minutos, acariciando su nombre escrito con una letra desconocida. Finalmente lo abrió y sacó una hoja cuidadosamente doblada. —Quiero saber qué dice, hija. Llevo demasiado tiempo sin saberlo.
La carta empezaba preguntándole cómo estaba y si todavía conservaba aquella fotografía frente a la escuela. Joaquín explicaba que había encontrado una de sus cartas antiguas mientras ordenaba documentos y que recordaba con cariño los años en que fueron novios. También decía que nunca había querido causarle problemas en su matrimonio. Al final había escrito una frase que hizo llorar nuevamente a mamá. “Solamente quisiera saber si alguna vez pensaste que dejé de quererte sin despedirme”.
Mamá dejó la carta sobre la mesa y se cubrió el rostro. Durante varios minutos solamente escuchamos el ruido de los coches pasando por la calle. Después nos contó que, pocos meses después de casarse, encontró una carta dirigida a ella dentro de un cajón de papá. Nunca pudo leerla porque él se la quitó y la rompió delante de sus ojos. —Me dijo que una mujer decente no tenía nada que hablar con un antiguo novio.
—¿Y nunca volviste a preguntarle? —murmuré. Mamá negó lentamente. —Cada vez que lo hacía terminábamos discutiendo durante días. Yo ya tenía una niña pequeña y no sabía adónde irme. Después nacieron tus hermanos y aprendí a guardar silencio. Me dolió escucharla hablar de su juventud como si hubiera sido una falta que debía esconder.
Rosario se acercó y abrazó a mamá por los hombros. —Meche, no podemos devolverte aquellos años —le dijo—. Pero todavía estamos aquí. Lupita añadió que habían pasado demasiado tiempo creyendo que ella no quería verlas. Mi madre comenzó a llorar nuevamente. —Yo pensaba que ninguna se acordaba de mí —susurró.
Cuando las tres amigas se marcharon, mamá permaneció sentada frente a la fotografía antigua. Le pregunté si quería que intentáramos comunicarnos con Joaquín. Tardó mucho en responder. —No sé qué podría decirle después de tantos años, Patricia. Después me miró con una expresión que no le conocía. —Pero hay algo que todavía no te he contado sobre tu papá.
Se levantó despacio y me pidió que la acompañara a su habitación. Abrió el ropero y sacó una caja de zapatos que guardaba detrás de unas cobijas. Dentro había fotografías, papeles antiguos y un sobre cerrado con cinta amarillenta. En la parte de adelante reconocí la letra de papá. Decía: “Para Mercedes, cuando yo ya no esté”.
Mamá sostuvo el sobre sin abrirlo. —Lo encontré después de su funeral —confesó—. Nunca tuve valor para leerlo porque pensé que volvería a encontrar otra mentira. Le pregunté por qué quería abrirlo precisamente ahora. Se quedó mirando la carta de Joaquín que todavía sostenía en la otra mano. —Porque ya tengo setenta y ocho años, hija, y no quiero pasar los que me queden teniendo miedo de saber la verdad.
Me senté junto a ella mientras rompía cuidadosamente la cinta. Dentro había una carta de papá y tres sobres antiguos que nunca habían sido abiertos. Reconocimos inmediatamente el nombre de Joaquín escrito en uno de ellos. Mamá comenzó a temblar cuando encontró una anotación hecha por mi padre. “Mercedes nunca supo que fui yo quien contestó aquellas cartas”.
¿Qué pasó después… ? Parte 3:…
Parte 3:
Mi mamá se quedó mirando aquella frase mientras sus manos temblaban. Tomé la carta de papá y le pregunté si quería que la leyera en voz alta. Asintió sin levantar los ojos. Cuando comencé a leer, descubrimos que mi padre había recibido las cartas de Joaquín durante meses y que había respondido haciéndose pasar por ella. Le había escrito que estaba enamorada de otro hombre y que no quería volver a verlo.
Mamá cerró los ojos y dejó escapar un sollozo. —Entonces él nunca me abandonó —murmuró. Seguí leyendo mientras sentía que la garganta se me cerraba. Papá reconocía que había tenido miedo de perderla y que decidió apartar a cualquiera que pudiera convencerla de regresar con Joaquín. También admitía que durante años había impedido que sus amigas la visitaran.
—¿Y por qué me lo dice ahora que está muerto? —preguntó mamá entre lágrimas. No supe qué responderle. En la última página, papá había escrito que se arrepentía de haberle quitado la oportunidad de decidir. Pero ninguna de aquellas palabras podía devolverle los años que había pasado creyéndose abandonada. Mi madre dobló la carta y la dejó sobre la cama.
Permanecimos sentadas mucho tiempo sin hablar. Después mamá tomó uno de los sobres antiguos y reconoció la letra de Joaquín. Lo abrió lentamente y encontró una carta escrita desde Veracruz, cuando ella tenía diecinueve años. Él le contaba que había conseguido trabajo estable y que estaba ahorrando para regresar a Puebla. Al final preguntaba si todavía quería casarse con él.
Mamá acarició aquellas palabras con los dedos. —Yo lo esperé todos los días durante meses, Patricia —susurró—. Me sentaba junto a la ventana porque pensaba que el cartero podía traerme noticias. Después me convencieron de que él había encontrado a otra persona. Me miró con una tristeza que nunca olvidaré. —Y yo terminé creyendo que no había sido suficiente para que se quedara.
La abracé mientras lloraba contra mi hombro. Sentía una rabia profunda hacia papá, pero comprendí que aquel momento no era para hablar de mis sentimientos. Mi madre necesitaba llorar por la muchacha que había sido antes de casarse. Durante décadas había cuidado de todos nosotros sin permitirse recordar aquella parte de su vida. Ahora tenía setenta y ocho años y acababa de descubrir que su historia había sido diferente de lo que siempre creyó.
Al día siguiente llamó a Lupita y le pidió el número de Joaquín. Su amiga guardó silencio unos segundos antes de preguntarle si estaba segura. —No quiero cambiar el pasado —respondió mamá—. Solamente necesito escuchar su voz una vez. Yo estaba sentada a su lado cuando marcó el teléfono. Le temblaban tanto los dedos que tuve que ayudarla.
Contestó un hombre con voz cansada. Mamá permaneció callada hasta que finalmente logró decir su nombre. —Joaquín, soy Mercedes. Del otro lado hubo un silencio larguísimo. Después escuchamos que él preguntaba, casi sin aliento, si realmente era ella.
Hablaron durante más de una hora. Joaquín le contó que había esperado sus cartas y que terminó aceptando que ella había decidido casarse con otro hombre. Mamá le explicó que nunca recibió sus mensajes y que acababa de descubrir lo ocurrido. Él guardó silencio mientras ella lloraba. Finalmente le dijo que durante muchos años había pensado que tal vez había hecho algo para perderla.
—Ninguno de los dos sabía la verdad —respondió mamá. Joaquín le contó que había formado una familia, que tenía una hija y que su esposa había fallecido años atrás. Mi madre también le habló de nosotros y de los años que había vivido junto a papá. No intentaron fingir que seguían siendo aquellos jóvenes de la fotografía. Solamente hablaron como dos personas que necesitaban comprender una despedida que nunca ocurrió.
Dos semanas después Joaquín viajó a Puebla para visitarla. Llegó acompañado de su hija y llevaba una pequeña bolsa de pan dulce. Cuando mamá abrió la puerta, ambos permanecieron inmóviles durante varios segundos. Él tenía el cabello completamente blanco y caminaba apoyándose en un bastón. Mi madre sonrió entre lágrimas. —Te tardaste mucho en regresar de Veracruz —le dijo.
Joaquín comenzó a reír y llorar al mismo tiempo. —Y tú sigues siendo igual de regañona, Mercedes —respondió. Se abrazaron con una ternura que me hizo apartar la mirada para darles un poco de privacidad. Después nos sentamos a tomar café con Lupita, Rosario y Elena. Por primera vez escuché a mamá contar historias de su juventud sin bajar la voz.
Durante aquella tarde Joaquín sacó de su cartera una fotografía antigua. Era la misma imagen donde aparecía sosteniendo un ramo de flores junto a las muchachas de la secundaria. Me contó que la había conservado durante más de cincuenta años. Mamá sonrió al reconocerla y recordó que aquel día habían ido a bailar después de tomarse la fotografía. Las amigas comenzaron a discutir entre risas sobre quién había bailado peor.
No hubo promesas de amor ni planes apresurados. Joaquín regresó a su ciudad unos días después y continuaron hablando por teléfono algunas tardes. Mamá comenzó a salir nuevamente con sus amigas y a preparar café los jueves para recibirlas. También recuperó una vieja costumbre que había abandonado cuando se casó: escuchar música mientras cocinaba. Algunas mañanas la encontraba tarareando canciones que yo nunca le había oído cantar.
Una tarde le pregunté si estaba enojada con papá. Se quedó mirando la fotografía de nuestra familia antes de responder. —Lo quise mucho, hija, y tuvimos momentos buenos. Pero eso no significa que estuviera bien lo que me hizo. Después guardó la carta de Joaquín dentro de su libreta de flores. —Todavía estoy aprendiendo a aceptar que pude haber tenido otra vida.
Cuando llegó su cumpleaños número setenta y nueve, le pregunté qué quería hacer. Esperaba escuchar nuevamente que no gastara dinero en una vieja. Pero mamá sonrió y me pidió algo que me hizo llorar. —Invita a las muchachas, Patricia. Y compra un pastel de chocolate, de esos que tienen mucho betún.
Aquella tarde llenamos la casa de música, café y risas. Lupita llevó unas fotografías, Rosario preparó tamales y Elena llegó con flores. Joaquín llamó para felicitarla mientras estábamos partiendo el pastel. Mamá puso el teléfono en altavoz y todos le cantamos las mañanitas. Cuando terminó la llamada, se quedó mirando las velas apagadas con una sonrisa tranquila.
Más tarde, mientras recogíamos los platos, me tomó de la mano. —Gracias por buscar a mis amigas, hija —susurró. Le respondí que solamente quería verla feliz otra vez. Mamá negó suavemente con la cabeza. —No me devolviste la juventud, Patricia. Me recordaste que todavía tengo derecho a vivir la vida que me queda.
Esa noche guardó las fotografías sobre su buró y dejó la libreta de flores junto al teléfono. Antes de acostarse me pidió que no retirara las decoraciones todavía. Quería despertarse al día siguiente y recordar que había celebrado su cumpleaños rodeada de personas que la querían. Cuando fui a apagar la luz, la escuché tararear una cumbia mientras acomodaba sus pantuflas. Me quedé unos segundos junto a la puerta, mirando a mi madre sonreír para sí misma.
Al salir de su habitación comprendí algo que me hizo llorar en silencio. Durante años pensé que mamá había dejado de celebrar sus cumpleaños porque estaba envejeciendo. Ahora sabía que había pasado demasiado tiempo creyendo que sus deseos ya no importaban. Pero aquella noche, a sus setenta y nueve años, había pedido música, pastel y compañía sin disculparse por necesitar nada. Y por primera vez en mucho tiempo, cuando alguien le preguntó cuántos años tenía, respondió sonriendo, sin mencionar los que le faltaban.
